BARRANCO, TIEMPO DE AMAR, di Manuel Echegaray

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Hay muchas historias en mi infancia. 

Vivíamos en una casa grande, llena de rincones oscuros y con vidrios de colores; de muchos colores.

A través de los rojos se veía, porque eran transparentes, pero los otros eran “catedral” y solo dejaban pasar la luz.

En la terraza de abajo poníamos una colchoneta y nos echábamos a leer chistes: El Pájaro Loco, El Conejo Oswaldo, El Capitán Marvel. 

También leíamos “El chico de las dunas” que tenía una cita de San Agustín pegada en la parte de atrás; entonces nos sentíamos en la hacienda, durmiendo bajo los árboles y pescando en el río. 

A la hora de almorzar dejábamos abierta la ventana del comedor para que entrara el aire de mar; lindo el comedor, con su mesa de mantel de hule y varios crujidos.

Nosotros escondíamos las espinacas, tratando que no nos vieran, en el borde de debajo de la mesa. 

Quizá tú te acuerdes de esos días largos de vacaciones en los que bajábamos a la playa y nos poníamos las zapatillas  – “Las de básquet  nomás hermano, mi mamá no me compra de la otras” -, para que las piedras no nos aplastaran los pies…

¡Y los erizos! ¿Te acuerdas?

La señora gorda que se metía al mar de a poquitos, bien agarrada de la soga y las olitas que hacía; las escaleras de madera y los rieles oxidados, llenos de musgo y pequeños choros…

¡Vacaciones! Tiempo de sol y playa.

Tiempo de los amores nuevos que se iban cada tarde en el pico de una gaviota; tiempo de no ir al colegio y volver por la noche, pasadas las diez, a la casa…

Mi infancia tenía cerros azules y bosques del color de la tarde en en nuestros juegos; los piratas navegaban desde la baranda de la terraza: éramos Sandokán y Mompracem quedaba al frente, casi pasando la quebrada.

Todas las tardes arribábamos con el botín preciado de los sueños; todas las tardes los vidrios de colores eran la iglesia y el castillo, filtraban la realidad en rojo, amarillo y azul.

Jugábamos solos y al caer la noche regresábamos cansados de vagar por entre las páginas del libro que estábamos leyendo.

Éramos Phileas Fogg y dábamos la vuelta al mundo en un juego que tenía capítulos; “¿En dónde nos quedamos ayer?”: ese era nuestro visitar a la fantasía diaria.

La casa de Lucho tenía una perezosa grande, de metal, con cojines floreados; allí, en las noches de los catorce años, cantábamos y Lucho empezaba a tocar la guitarra 

Noches de Ipacaraí” era la mejor; era verano, claro y las mejores canciones se cantan en verano.

Adaptábamos letras y nos asombraba ser tan poetas; cada noche descubríamos que era preferible sentarse a conversar de las cicas que darse una vuelta en bicicleta tirando con una liga, papelitos, a los enamorados de la avenida Costanera.  Entonces me iba a mi casa y Lucho me acompañaba; yo lo volvía a acompañar y él me acompañaba de regreso y así, conversando, pasaba nuestra pequeña adolescencia.

Todo nos llamaba la atención y ver a las chicas en ropa de baño era como ir al cine, a ver una película para mayores de 18 años…

Así éramos los chicos de entonces…

Nota: Este es el primer relato mío que vi publicado. Fue en el diario “Correo” de Lima, el 1° de setiembre    de 1972, por intermediación del incomparable don Jorge “Cumpa” Donayre. 

Imagen: barranconegroyblanco.blogspot.com

MANUEL ECHEGARAY.

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BARRANCO, TEMPO DI AMORE, di Manuel Echegaray

Ci sono molte storie nella mia infanzia.

Abitavamo in una grande casa piena di angoli bui e con vetrate colorate; di molti colori.

Attraverso i rossi era visibile, perché erano trasparenti, ma gli altri erano “cattedrale” e lasciavano passare solo la luce.

Sulla terrazza sottostante mettiamo una stuoia e leggiamo barzellette: The Crazy Bird, The Oswaldo Rabbit, Captain Marvel.

Abbiamo anche letto “Il ragazzo dalle dune” che aveva una citazione di San Agustin bloccata nella schiena; poi ci siamo sentiti alla hacienda, dormendo sotto gli alberi e pescando nel fiume.

All’ora di pranzo lasciammo la finestra della sala da pranzo aperta per far entrare l’aria di mare; La sala da pranzo era carina, con il suo tavolo di tovaglia di gomma e diversi cigolii.

Abbiamo nascosto gli spinaci, cercando di non essere visti, sul bordo sotto il tavolo.

Forse ti ricordi quei lunghi giorni di vacanza quando scendemmo in spiaggia e ci mettemmo le scarpe – “I giocatori di basket solo fratello, mia madre non mi compra dagli altri” -, in modo che le pietre non schiaccino i nostri piedi …

E i ricci! Ti ricordi?

La signora grassa che è entrata nel mare un po ‘, ben afferrata dalla corda e dalle onde che ha fatto; le scale di legno e le rotaie arrugginite, piene di muschio e piccoli choros …

Vacation! Sole e spiaggia.

Tempo per i nuovi amori che hanno lasciato ogni pomeriggio al culmine di un gabbiano; tempo per non andare a scuola e tornare la sera, le dieci passate, per la casa …

La mia infanzia aveva colline blu e foreste del colore del pomeriggio nei nostri giochi; i pirati salparono dalla ringhiera del balcone: eravamo Sandokán e Mompracem era davanti, quasi oltrepassando il burrone.

Ogni pomeriggio arrivammo con il prezioso bottino dei sogni; ogni pomeriggio le vetrate erano la chiesa e il castello, la realtà filtrata in rosso, giallo e blu.

Abbiamo suonato da soli e al calar della notte siamo tornati stanchi di girovagare tra le pagine del libro che stavamo leggendo.

Eravamo Phileas Fogg e giravamo il mondo in un gioco che aveva capitoli; “Dove siamo rimasti ieri?”: È stata la nostra visita alla fantasia quotidiana.

La casa di Lucho aveva un grande, pigro metallo con cuscini a fiori; lì, la quattordicesima notte, avremmo cantato e Lucho avrebbe iniziato a suonare la chitarra.

“Notti di Ipacaraí” era il migliore; Era estate, naturalmente, e le migliori canzoni sono cantate in estate.

Abbiamo adattato le lettere e siamo stati stupiti di essere tali poeti; ogni sera scoprivamo che era preferibile sedersi e parlare dei cics piuttosto che andare a fare un giro in bicicletta, lanciando con una lega, piccoli pezzi di carta, gli amanti di Costanera Avenue. Poi sono andato a casa mia e Lucho mi ha accompagnato; L’ho accompagnato di nuovo e lui mi ha accompagnato indietro e così, parlando, è passata la nostra piccola adolescenza.

Tutto ha attirato la nostra attenzione e vedere le ragazze in vestiti da bagno era come andare al cinema, guardare un film per oltre 18 anni …

Ecco come eravamo allora i ragazzi …